La China es mi hermana mayor. Cuando yo todavía no nacía, allá por el 2020, en plena pandemia, la Chancluda decidió volver a vivir con sus papás, mis abuelos, en Tunuyán. Era agosto, una mañana bien fría, y ella estaba tomando mates mientras miraba por la ventana.
De repente, un llanto lastimero de perro rompió el silencio. Al mirar con más atención, la Chancluda vio cómo desde una camioneta arrojaban a una cachorra de apenas seis meses a la calle. Sin pensarlo dos veces, salió a buscarla.
Acercarse no fue fácil. La China estaba aterrada, y por su estado era evidente que había sido maltratada durante esos seis meses de vida. Era puro hueso, con el pelaje sucio y lleno de garrapatas y pulgas. Cada vez que la Chancluda intentaba acercarse, la China gruñía de miedo. Entonces, en lugar de forzarla, la Chancluda se sentó en la vereda, con paciencia, y dejó que poco a poco la China olfateara su mano, hasta que finalmente logró alzarla y llevarla a casa.
Una vez en la casa de los abuelos Chancludos en Tunuyán, la China seguía asustada, no comía y temblaba de miedo. La Chancluda, con toda la dedicación del mundo, se tomó el trabajo de sacarle garrapata por garrapata, la bañó y la llevó al veterinario para que la revisaran, desparasitaran y vacunaran.
Pero había un problema. Un año antes, la familia había perdido a su última perrita y aún dolía demasiado. El abuelo Chancludo, temiendo volver a encariñarse y sufrir otra pérdida, no quería quedarse con la China. Su idea era ayudarla a recuperarse y luego buscarle un hogar. Pero la Chancluda y la abuela Chancluda tenían otros planes. Todas las noches, cuando el abuelo se iba a dormir, la metían a escondidas en la habitación de la Chancluda para que durmiera calentita.
Con el tiempo, la China empezó a mejorar. Ya desparasitada, vacunada y bien alimentada, su ánimo cambió y comenzó a jugar. Sin embargo, solo confiaba en la mamá Chancluda; al resto de la familia les tenía terror. Ladraba y gruñía porque creía que le harían daño, una señal de lo maltratada que había sido.
Cuando por fin empezó a relajarse y moverse con más libertad, la mamá Chancluda notó que rengueaba de una patita trasera. La llevaron al veterinario y ahí se confirmó la sospecha: cuando la arrojaron de la camioneta, se había quebrado la rodilla. Lo que siguió fue un largo proceso de rehabilitación. Hubo radiografías, visitas constantes al veterinario y mucho esfuerzo. La Chancluda invirtió todo lo que pudo sin dudarlo ni un segundo. Aprendió a hacerle masajes terapéuticos y, con la abuela Chancluda, inventaron una férula casera para inmovilizar la pata. Como no existían férulas para perros, usaron una de dedo gordo humano y la adaptaron para la China. De hecho, el veterinario quedó tan impresionado con la creatividad que hasta le sacó fotos al invento.
Gracias a los masajes, la férula y la dedicación de la Chancluda, después de unos meses la China empezó a correr con normalidad. Jugaba, saltaba y se estiraba como cualquier otro perro. Para ese entonces, ya se había ganado el amor de toda la familia, pero especialmente el de la Chancluda. El vínculo entre ellas era inquebrantable. La Chancluda tenía claro que no dejaría que la China se fuera a ningún otro lado. Y cuando la Chancluda se propone algo, lo consigue. Convenció a todos de quedarse con ella hasta que pudiera llevarla consigo cuando viviera sola de nuevo.
En 2021, la Chancluda se mudó con el Chancludo, pero a un departamento en Mendoza. Llevarse a la China no era una opción: ella estaba acostumbrada al río, al patio grande, a la libertad. Fue en ese momento cuando yo, Floki, llegué a sus vidas, un salchicha traído de la montaña en pleno invierno.
Pocos meses después, los Chancludos decidieron buscar una casa con patio para que la familia estuviera completa. Así fue como, en 2022, conocí por primera vez a mi hermana China. Ella me aceptó de inmediato y estaba feliz de volver a vivir con la Chancluda. Pero yo… bueno, yo estaba un poquito celoso. Para marcar territorio, me hice pis varias veces en su cama. Con el tiempo, sin embargo, empezamos a jugar y, poco a poco, la empecé a querer hasta amarla.
Yo la peleo mucho, pero en el fondo la amo y la admiro
Si tuviera que describir a la China, diría que es esa hermana mayor que siempre está ahí para cuidarme. Me limpia las orejitas y hasta mis partes como si fuera su bebé. Me acompaña a todos lados, me enseña cosas y, aunque a veces me pone límites cuando me paso de intenso, también me defiende. Cuando los Chancludos me retan, ella gruñe sutilmente para protegerme o cuando me vienen a olfatear otros perros, ella se interpone.
A pesar de que hoy tiene una vida llena de amor, sigue guardando galletas bajo la cama, entierra panes y huesos, como si aún temiera volver a pasar hambre. Pero más allá de su instinto de supervivencia, es una perra noble y amorosa. Es mi hermana, mi ejemplo a seguir y mi compañera de vida. 








